Estuve fuera por dos días. Fuera, lo
que se dice en otra parte. Quizás hasta podría decir que estuve
fuera del mundo. Alguien me arrastró, me cogió de las solapas o de
los brazos y entonces no quise dejar que me soltase. Cuando me di
cuenta era yo quien tomaba sus manos, quien se aferraba inconsciente
a ellas. Pero ojo, porque me acerqué a la Pichicera -en ese puto
lugar que algunos llaman Malvinas-, a unos pocos metros de la
entrada, del tobogán por donde se deslizaban los soldados. Los podía
ver cuando salían a mear. Fue todo tan rápido que apenas sentí
frío, el frío de ellos, o el calor en el pozo, allí dentro. No me
animé a meterme, lo examiné, pude ver la pequeña almacén y la
estufa, pero me faltaron huevos para empaparme de él. Aun así,
estuve fuera del mundo por dos días, mirando como la muerte estaba
por todos lados, cagándome yo también por haber nacido en el
putísimo año mil novecientos sesenta y dos aunque no haya nacido en
el mil novecientos sesenta y dos. Cagándome en el cerebro escabroso
de esos cuantos hijos de una procesión de putas que se inventaron
una guerra y en los medios que la llevaron a cabo. Cagándome en lo
más parecido a todo tipo de sentimiento patrio (eso en este mundo y
en cualquier otro que se me pueda ocurrir). Fui un desertor, como
cualquier otro de “Los Pichiciegos” de Fogwill, qué podía
pasar, ¿qué nos maten? Vaya ironía.
viernes, 3 de septiembre de 2010
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