viernes, 3 de septiembre de 2010

Benditos los malditos / Gracias, Fogwill




Estuve fuera por dos días. Fuera, lo que se dice en otra parte. Quizás hasta podría decir que estuve fuera del mundo. Alguien me arrastró, me cogió de las solapas o de los brazos y entonces no quise dejar que me soltase. Cuando me di cuenta era yo quien tomaba sus manos, quien se aferraba inconsciente a ellas. Pero ojo, porque me acerqué a la Pichicera -en ese puto lugar que algunos llaman Malvinas-, a unos pocos metros de la entrada, del tobogán por donde se deslizaban los soldados. Los podía ver cuando salían a mear. Fue todo tan rápido que apenas sentí frío, el frío de ellos, o el calor en el pozo, allí dentro. No me animé a meterme, lo examiné, pude ver la pequeña almacén y la estufa, pero me faltaron huevos para empaparme de él. Aun así, estuve fuera del mundo por dos días, mirando como la muerte estaba por todos lados, cagándome yo también por haber nacido en el putísimo año mil novecientos sesenta y dos aunque no haya nacido en el mil novecientos sesenta y dos. Cagándome en el cerebro escabroso de esos cuantos hijos de una procesión de putas que se inventaron una guerra y en los medios que la llevaron a cabo. Cagándome en lo más parecido a todo tipo de sentimiento patrio (eso en este mundo y en cualquier otro que se me pueda ocurrir). Fui un desertor, como cualquier otro de “Los Pichiciegos” de Fogwill, qué podía pasar, ¿qué nos maten? Vaya ironía.



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